Nuestra propuesta parte del lugar, se implanta en una encrucijada donde confluyen distintas trazas y escalas. El edificio aprovecha esta condición para convertirse en punto de confluencia y resuelve la conexión de los distintos elementos urbanos. Su forma se implanta con rotundidad proporcionando el carácter representativo que debe tener un edificio público. El lugar, no hay que olvidarlo, también posee una memoria, una huella indeleble que pertenece a la historia de los ciudadanos.
La proximidad de los arrollos Rivillas y Calamón, que no hace tanto inundaron la ciudad, las trazas aún visibles del barrio de Cerro de los Reyes que evidencian aún la catástrofe que aconteció, son condicionantes que la propuesta no puede obviar. El edifico se pliega en un abrazo hacia la zona afectada, un gesto que no pretende olvidar pero sí mirar al futuro. El edificio genera una plaza conmemorativa, ofrece a los ciudadanos un espacio público con marcado carácter simbólico, un lugar donde recordar aquel hecho que conmovió a la ciudad.
El edificio se resuelve en dos niveles, concentrándose en la planta baja los usos más públicos. El acceso al edificio se produce desde el extremo norte de la parcela a través de la plaza conmemorativa que se convierte así en el verdadero corazón de la propuesta. El visitante disfruta el paseo hasta llegar a la entrada del vestíbulo, entendido como un espacio acristalado en continuidad con el exterior a partir del cual se distribuye hacia los distintos usos del edificio. En este punto central se dispone la atención al usuario y el acceso al salón de actos y exposiciones situado en el extremo sur, bajo el elemento singular del voladizo.
El resto de usos tienen un funcionamiento más interno y privado, desarrollándose en torno a dos patios, uno central más pequeño que introduce luz en la zona de administración y en el vestíbulo, y otro de mayor tamaño y alargado
que permite ventilar e iluminar el laboratorio y la sala de formación. Este patio se dispone paralelo a la medianera separando el edificio de las construcciones vecinas y permitiendo un acceso secundario de servicio desde la avenida Pardaleras. Este gesto permite que el laboratorio pueda funcionar de forma independiente al resto del edificio y consigue una conexión amable entre la rotundidad de nuestro edificio público y el carácter más doméstico de la tipología de viviendas vecinas.
El edificio sólo se adosa a la medianera en la fachada que prolonga la calle María Luisa de Carvajal, aprovechando que en este punto la vivienda existente tiene dos plantas y puede tratarse todo el frente en continuidad. Esta fachada se trabaja de forma más doméstica, con una fenestración más controlada, protegida del soleamiento mediante correderas de lamas.
Pequeños juegos volumétricos pretenden romper la longitud de este frente, buscando un elemento más escultórico pero que case bien con el carácter residencial de esta calle. El edificio se retranquea en planta baja ensanchando la acera para generar espacio público arbolado en fluidez con la volumetría del edificio.
Así, todos los flujos de acceso público se concentran en torno al espacio central ajardinado y arbolado. Una escultura conmemorativa de la riada podría enfatizar el carácter simbólico que se ha buscado, la creación de un espacio público, agradable y lleno de historia.